Cisma de Oriente

Introducción

Desde los ss. IV-V fueron muchos los motivos de discrepancia entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, tanto de orden disciplinario (celibato del bajo clero, relaciones Iglesia-Estado, usos litúrgicos, etc.), como doctrinal (cuestión del Filioque). La elevación de Focio al patriarcado de Constantinopla en condiciones discutibles (simple laico, en seis días recibió todas las órdenes sagradas) y la disputa entre Roma y Bizancio a causa de la evangelización de los paganos provocaron una breve pero virulenta ruptura (863-867). En los años siguientes la conversión de los búlgaros agudizó aún más las diferencias entre Roma y Bizancio, y en 1054, en tiempos del papa León IX y del patriarca Miguel Cerulario, se llegó a la previsible ruptura definitiva. La separación constituyó para el prelado de Constantinopla una victoria, pues le liberó de todo lazo de dependencia, nominal o efectivo, respecto de Roma; pero para el imperio bizantino la escisión supuso un duro golpe, ya que le restó el apoyo de Occidente en el momento en que comenzaba a perfilarse la amenaza turca. En los siglos bajomedievales fueron varias las tentativas, todas fallidas, de restablecer la comunión de la Iglesia: segundo concilio de Lyon (1274), concilio de Ferrara-Florencia (1439), etc. En los últimos años han sido frecuentes los contactos entre la Iglesia oriental y la occidental (presencia de observadores orientales en el Concilio Vaticano II, encuentros en diferentes ocasiones de los últimos papas con las jerarquías ortodoxas, etc.), lo cual está llevando a que cada vez más se acerquen ambas iglesias.

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