Circo

Un espectáculo universal

En el pueblo griego y en el romano había diversas clases de espectáculos; todos ellos denominados con un nombre genérico. El más conocido entre los romanos era el constituido por los ludi, juegos. Se daban una serie de representaciones en las que se mezclaban el teatro, los gladiadores, las luchas contra fieras y las carreras circenses. Estas actividades se entremezclaban; incluso eran comunes los locales. El público iba a estos lugares para distraerse, a la expectativa de lo que le irían a dar para divertirse, sin pedir de una manera concreta un género u otro. Según la tradición romana, aunque no hay constancia histórica de ello, las primeras representaciones circenses están organizadas por Rómulo. Pero es más probable otra versión: la de que el Circus Maximus haya sido construido por Tarquino el Antiguo. Ya entonces había carreras de carros y boxeo; ambas atracciones procedían de Etruria, donde había buenos pugilistas y el caballo era un animal útil para todo. De aquí que el origen del circo haya que buscarlo, por lo menos en la Antigüedad clásica, más en Roma, por sus ascendientes etruscos (no podemos olvidar que Tarquino el Antiguo fue el primer rey etrusco de Roma), que en Grecia. En este primer Circus había unas tribunas donde se reservaban plazas para los nobles. Eran muy pocas y todos los demás espectadores se sentaban en el suelo. Estos juegos circenses tuvieron una vida más intensa en la época en que se recogían las cosechas. Por un lado, la alegría de los graneros repletos y, por otro, la disponibilidad de tiempo, facilitaban el que el público llenara el circo, donde la entrada, como en Grecia, era gratuita por estar estos espectáculos costeados por el Estado. En efecto, desde el principio, los gobernantes comprendieron la importancia de esta arma, si estaba en sus manos: había que divertir al pueblo cuando hacía falta; y de modo especial hacía falta cuando las cosas no iban bien. En el 364 a. C. Livio Andrónico, fundador del drama latino, cuenta que una peste produjo un miedo casi supersticioso. El Estado determinó aumentar el número de espectáculos con el fin de distraer al pueblo y calmar la cólera de los dioses.

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